lunes, 5 de diciembre de 2022

Relatos ganadores XXI Certamen de relato Corto.










                                                            LA HUELLA QUE DEJAS

 La huella que dejan nuestros pasos en el mundo constituye la certeza de nuestra imperfección. Y es que no hay rastro que no pueda ser seguido ni huella que escape a un ojo entrenado. Mi horizonte fue desde mi más penosa infancia una suerte de pesquisa por alcanzar lo inalcanzable, por traspasar lo prohibido, por escapar de un encierro tutelado. Si bien es cierto que aquella reclusión pudo ser ese mal menor que con tanto empeño me vendieron, traspasar el umbral de aquel edificio centenario supuso mi primer contacto con lo que la gente de afuera llamaba felicidad. 

No creo ser una mujer feliz, ni creo que algún día llegue a serlo. El tiempo deja una huella que, si bien es un claro rastro de los vaivenes que nos azotaron, no está expuesta al ojo de un simple observador avezado. Se necesita cercanía, confianza y paciencia para desenterrar cada muesca astillada en la osamenta de nuestra historia. Yo siempre he sido hermética, reservada con lo propio y lo ajeno. Así creé una cápsula donde he ocultado ese poso perturbador que hierve en las ascuas de cualquier niña sin madre. Pero llegó el momento de abrirla, de dejar entrar (o quizás salir) lo que estuvo oculto durante demasiado tiempo.

María. Tan solo un nombre rematadamente común en unos años de demasiada escasez y reputación sobrevalorada. Aquello era lo único que conocía de la mujer que me parió; eso y el dibujo único de la huella de su dedo índice. Es por ese sencillo detalle que sé que ella dio el paso, que ella me dejó ir de su lado. Ignoro el motivo, si se vio obligada o aliviada. Sin embargo, no acabé en el hogar de una rica yerma o en casa de un filántropo eunuco. Todo habría sido diferente, en cualquier caso. En su lugar, mis tiernos huesos fueron a parar a un sórdido trastero de niños abandonados.

Gritos, golpes, llanto, castigos: el pan nuestro de cada día, decían las monjas que velaban por nuestras almas negras. Odio, miedo, desconfianza, violencia: el vino nuestro de cada noche, apostillábamos entre risas durante nuestras conspiraciones nocturnas.

 Guardo un grato recuerdo de mis compañeras de cautiverio. La desgracia une para siempre lo que la fortuna repudia puntualmente. He perdido el rastro de sus almas perdidas sumida como estaba en la búsqueda de mi origen maldito. Pero el esfuerzo siempre halla recompensa. Lo aprendí con la mejilla aplastada entre la suela de un zapato y un par de baldosas untadas de orines y lejía. Qué estrecha es la línea que separa el bien del mal. Qué profundidades es capaz de alcanzar un olor. 

Mi primera noche fuera de la institución me refugié en una pensión. Olía a orina rancia, pero sabe Dios por qué motivo la sentí un hogar en aquel rincón de ninguna parte. Nada positivo me aportaron aquellos grajos vestidos de blanco que dejaba atrás, salvo una pista. Años atrás, una de ellas había utilizado mi origen reprobable como arma en mi contra. La muy lerda no imaginaba que con eso me estaba dando ese mínimo imprescindible que me permitió aferrarme a un rastro que seguir, a una razón para sobrevivir.

 Y es que no pocas veces me planteé acabar con mi vida. No le concedo a la vida más valor que el mero utilitarismo sensual que aquellas mujeres, reprimidas de puertas para afuera, desfogaban cuando ni su mismísimo Dios las veía. 

Tardé ocho largos meses en localizar a quien patrocinó mi ingreso en la institución. Se trataba del señor de Tres Magnolias, la casa donde mi madre adolescente trabajó de cocinera. Mi primer impulso fue pensar que él era mi padre pero no tardé en desechar aquella idea. El viejo me atendió en zapatillas y no dudó en revelarme la identidad del hombre que me engendró e hizo caer en desgracia a mi madre. Se trataba de un sobrino carnal algo perdido, con demasiado tiempo libre y pocas obligaciones. Aquel joven libidinoso y sin luces dejó preñadas a un par de sirvientas antes de que lo despacharan contra su voluntad a las Baleares. Allí, un pariente lejano con demasiado que agradecer y callar lo tuvo apartado durante cinco años hasta que se lo encasquetó a la hija de un influyente empresario mallorquín. 

Íñigo de Zárate, pues así se llamaba mi padre, no había regresado del trabajo cuando accedí al espléndido jardín que conducía, entre palmeras, a la puerta principal. La propiedad era inmensa. Lo esperé en un pequeño cenador fresco a aquellas horas de la tarde. Sus tres hijos jugaban en una enorme piscina al sol y su esposa leía Mi nombre en tus labios, de María Teresa Sesé, sin perder de vista a los chicos. Mi padre me atendió nada más llegar a la biblioteca. Parecía muy sorprendido de verme pero no puso impedimentos en contármelo todo. Me estrechó entre sus brazos con lágrimas en los ojos y durante, al menos, un instante sentí que su alegría por conocerme era sincera. Su narración de los hechos estuvo salpicada de mil y una disculpas. Que si era muy joven, que si era un estúpido. Yo sólo quería conocer el paradero de mi madre, su nombre completo, lo que fuera que me permitiera encontrarla tras tantos años de separación. Él había roto con todo cuando fue enviado a las islas, cambió, e ignoraba los apellidos de la joven María a la que, según él, tanto me parecía. Un prestigioso abogado había sido el encargado de deshacer aquel entuerto por lo que salí de aquella casa con el nombre del letrado y una dirección en Madrid. Dejé atrás las risas de mis tres medio hermanos y el llanto ahogado y pueril de mi padre biológico. 

Fue fácil dar con uno de los bufetes de abogados más importantes de la capital. Más difícil fue localizar al emérito fundador pues apenas pasaba por allí un par de veces por semana para resolver algún que otro compromiso con clientes de toda la vida. No se sobresaltó demasiado cuando me presenté en su despacho. Se trataba de un letrado acostumbrado a solucionar con diligencia cualquier revés que se le presentase. Recordaba el caso. Algo muy triste, matizó, pero demasiado habitual en las familias de la alta sociedad de la época. Accedió a unos ficheros algo apartados y extrajo el expediente. Guardaba registro de todo lo que hacía pues nunca se sabía cuándo una información podía ser cosa de vida o muerte. Resolvimos la cuestión en un par de minutos y le agradecí su profesionalidad hasta el último momento. 

Había seguido su rastro, las huellas que sus verdugos fueron dejando en el camino como miguitas de pan, y supe dar con ella. Demasiados años. Había deseado tanto aquel momento que, por primera vez en toda aquella persecución, tuve miedo. Tuve miedo de no hallarla finalmente, de darme cuenta de que aquellas huellas sólo conducían a una verdad que, quizás, no era la que yo soñaba. Aunque, acaso había soñado con aquel momento; acaso alguna vez, por un instante, me recreé en las sábanas del deleite de aquella hipotética escena. Nunca. Jamás. Mis miras fueron siempre a corto plazo: salir de la institución, obtener un nombre, una dirección. Sólo faltaba dar con mi madre, encontrar a María. No sabía lo que sucedería entonces, si mi vida cobraría sentido, si hallaría el descanso que se me había negado desde siempre o si la verdad volvería a aplastar mi cabeza contra el suelo de la realidad. 

Tres semanas después me hallaba a las puertas de un barrio marginal. María vivía en los arrabales del suburbio. En aquellos años el caballo era peor que la mafia en el Chicago de Al Capone: te daban el arma y robabas para poder chutarte y matarte tú misma. Lo sentí al acercarme a la puerta. Pisaba jeringuillas y las miradas vacías de todo aquel con quien me cruzaba me escaneaban sin verme. A lo lejos, un par de sirenas y un sin fin de perros ladrando laceraban el silencio del atardecer en Palomeras. No había luz. Olía a orina rancia y vino de cartón. Un tipo salió de una habitación y pasó por mi lado susurrando una acertada blasfemia acorde con aquel infierno suburbano.

 Al entrar la vi. La llamé por su nombre completo y apenas me miró. Estaba perdida, sumida en una tiniebla dulce y asténica. Su tez no tenía brillo, apenas era piel y huesos. Los pechos que quizás un día llegaron a amamantarme no eran más que un leve pliegue del pasado. El tiempo había dejado su huella en ella, la había aplastado y consumido como sólo puede hacerlo la verdad. En ese instante lo supe: había llegado tarde, siempre había sido tarde. Hay caminos que por más que los recorras jamás conducen a Roma solía decir en voz muy alta el cura en la misa del domingo. Mucho más sigiloso era por las noches cuando entraba a hurtadillas por la puerta de servicio.

 Salí temblando de aquella casucha de chapa y cartón. No obtuve respuestas que apaciguaran la angustia que habitaba en mí. Ignoro aún hoy qué fue de ella cuando abandonó la casa donde servía, si la herida de entregarme fue la que la hizo arrastrarse hasta los infiernos donde la hallé, si tras aquellos ojos sin vida algo de ella se removió al verme. Lo único que sé es que cuando le tomé la mano balbuceó algo y un minuto después había dejado de respirar. Huérfana, esta vez de verdad, regresé al centro de Madrid con la certeza de que el sentido de la vida no era dejar huella pues a mi madre aquellas huellas la habían destruido. La vida era sólo un camino. Si los demás siguen tus huellas, o no, importa poco.

 Han pasado muchos años de aquello y el espejo me devuelve la imagen de mi madre cuando la encontré. Creo que ha llegado el momento de romper mi silencio, de abrir esa cápsula que cerré gracias a mi habilidad para ocultar huellas y contar la verdad. Y es que nadie descubrió cómo logré escapar del manicomio donde me encerraron a los quince años, cómo hallé el patrón de vigilancia, dónde escondí las llaves de mi celda durante semanas, cuántas horas pasé agazapada entre los muros del comedor, cómo aproveché un despiste de un tipo que vino a reparar una luminaria para degollarlo y arrojarlo al pozo después de robarle la ropa. Nadie se fijó en mí porque de día las monjas se las daban de castas y no miraban a los hombres a la cara. La libertad me dio alas y los pocos duros que el pobre electricista llevaba encima me permitieron pagar la mísera pensión donde pasé mi primera noche. Ya nada podía frenarme. Localicé al viejo prostituyéndome. Es curioso cómo a los hombres se les afloja la lengua conforme les aflojas la bragueta. Fueron ocho meses repugnantes que me pusieron al día sobre la realidad de afuera.

 Cuando di con el viejo a quien creía mi padre sentí algo parecido a esa paz que recordaba tras las palizas de las monjas. Lo sorprendí en zapatillas a punto de acostarse. Con un cuchillo en el gaznate no tardó en confesar las veleidades de mi verdadero padre, su nombre y circunstancias de su exilio balear. Lamenté no haberle preguntado más detalles que me hubiesen facilitado la búsqueda. En cualquier caso, limpié cada huella que pudiera delatar mi presencia en aquel caserón y me marché. 

No fue difícil colarme en casa de mi padre. Esperar agazapada cuatro horas resistiendo las ganas de observar a mis medio hermanos fue mucho peor. Las risas, los juegos que yo no reí ni jugué eran el pan nuestro de cada día para ellos. Un vestigio de bondad me impidió a acabar con aquel déjà vu de la que pudo ser mi vida. Como supuse, mi padre entró en la biblioteca nada más llegar para dejar su maletín y, a la postre, su vida. Sus disculpas sonaron sinceras. Por un momento me vi junto a mis hermanos disfrutando la infancia que me fue negada; riendo y jugando al borde de la piscina mientras papá leía el periódico y mi madrastra, la más buena y cariñosa de las madrastras que jamás existiera, me asumía como una hija más. Pero los golpes de las monjas volvieron a azotarme una y otra vez al ritmo que yo arremetía contra el vientre del señor de aquella casa que ya no volvería a ser la misma cuando alguien, quizás su esposa, entrara en la biblioteca y encontrara sus vísceras esparcidas sobre la alfombra de bambú. Salí de allí con el nombre del letrado y la duda de si aquel hombre herido de muerte que lloriqueaba mi perdón se arrepentía sinceramente de las consecuencias de sus irreversibles errores de juventud. De cualquier modo, era demasiado tarde.

 Lo del abogado fue un mero trámite. Leí en sus ojos aquella resignación indiferente que todas las compañeras de cautiverio arrastrábamos cuando éramos conducidas a la habitación azul. Él sabía lo que le esperaba. Me entregó lo que le requería y murió sabedor de que yo no tenía nada en su contra. Como él bien sabía, en todo trabajo bien hecho hay que deshacerse de todo lo que pueda incriminarte. Él era un daño colateral y procuré que fuera algo rápido.

 Me queda poco tiempo. He comprendido muchas cosas y anhelo eso que las monjas llamaban justicia divina. Esta confesión que acabo de hacer pone negro sobre blanco la verdad de todo lo que ocurrió. Pasé media vida siguiendo unas huellas y la otra media borrando su rastro. Regresé a los lugares donde maté, al lugar del crimen. No fui original ni en eso. Tuve que enfrentarme a la certeza de que mis actos tuvieron consecuencias. Dejaron huella en mis medio hermanos (quienes encontraron el cuerpo desangrado de su padre), en su madre (adicta desde entonces a los antidepresivos), en la familia del electricista desaparecido, en el mayordomo de Tres Magnolias que fue acusado de matar al viejo y condenado a veinte años. 

Por eso he invitado a mi vecino, que es policía, a pasar. Pensé que confesarle todo me redimiría; pero la niña sin madre que siempre fui sigue buscando una razón para vivir. Ella empuña de nuevo un arma y rebana, entre el espanto y la sorpresa, la voz de este buen hombre. Ahora me tocará a mí borrar sus huellas, ocultar el cadáver. Me faltan las fuerzas. La niña que fui me sonríe perversa y asumo, una vez más, que la huella que dejas suele ser un calco imperfecto de las huellas que el tiempo dejó en ti.


Alejandro Ruiz Núñez (Vélez Málaga)

Relato ganador.







El khoji y el cazador

 

 

Todo empieza en un funeral.

Shaitan Kumar y su esposa Asha ofrenden rezos al dios Shiva.

Ambos tienen los cuerpos laxos, el juicio embotado y los ojos ajados y secos tras dos largos días de interminables lloros, de desvelos nocturnos, de gritar al viento del desierto: ¿Por qué? ¿Por qué nos has arrebatado a nuestra hija? Abren las manos y las elevan al cielo naranja que en ese momento de la tarde ya amarillea en las llanuras del Rajasthan, al mismo tiempo que tambalean sus pies, y todo su cuerpo, hacia delante y atrás en un ritual ancestral transmitido de generación en generación. Es como si ambos estuviesen sincronizados tras el ensayo de una pieza teatral dramática, pero no es un teatro, ni un sainete, ni una farsa puesta en escena burdamente, es el sepelio de su amada Veena, la despedida del mundo terrenal de su única hija.

Mientras rezan Shaitan divisa a la comitiva que los acecha en la entrada del oasis. No se sorprende de su presencia e interiormente les agradece su paciencia y que hayan tenido la deferencia de no interrumpir el funeral de su hija. Solo por ese motivo está decidido a escucharlos y aceptar su propuesta. Hace un día que los espera, desde que oyó en Jodhpur, la ciudad azul de la India, que se buscaba a tres jóvenes indios que habían desaparecido una noche en el desierto del Thar, aguardaba la visita. Era solo cuestión de tiempo y ese momento había llegado. El grupo está formado por cuatro policías de uniforme, dos jóvenes khojis, un inspector con el rostro picado de viruela y un alto funcionario de grueso mostacho y turbante verde anudado en la cabellera. Al acercarse los agentes de policía saludan uniendo las palmas de sus manos y pronunciando un educado namasté, el inspector y el funcionario se inclinan hacia delante en una respetuosa reverencia y los dos jóvenes khojis se arrodillan y tocan los pies de Shaitan, como si fuese un pariente mayor de la familia al que rendir honores y respeto. El funcionario, con solo una mirada, conmina a un oficial de la policía a hablar. Este último carraspea e inmediatamente comienza a decir:

— ¡Viva la India! Shaitan Kumar, os ofrecemos nuestras disculpas por interrumpir el funeral de vuestra hija —Shaitan asiente con un ligero movimiento de cabeza en señal de agradecimiento—, el estado de la India —continúa diciendo— te solicita…, te ruega que abandones tu retiro y te incorpores al servicio activo para colaborar en la búsqueda de los ciudadanos Narayan Sarin,  Navil Anand y Erigassi Dronavelli, desaparecidos durante las fiestas del Teej en la madrugada del día veinte de agosto.

Shaitan estudia el rostro del  policía local y al funcionario colocado detrás y sabe de inmediato que aunque no se le ha ordenado, no puede negarse, sería una descortesía, un menosprecio y una falta absoluta de respeto a los cuerpos de seguridad con lo que trabajó y colaboró, hombro con hombro, durante toda su vida.

—Te necesitamos—musitó el oficial al observar cierta vacilación.

Shaitan no lo duda más, inclina la cabeza hacia su mujer a modo de despedida, se descalza y emprende el camino junto al resto de los presentes. Ve a uno de los jóvenes khojis dialogar con un policía e intuye que están hablando de él. Él no los conoce, son demasiado jóvenes,  pero sabe que para ellos dos y para todos los khojis del Rajasthan, Shaitan es una deidad. Todos veneran su nombre, todos relatan sus legendarias hazañas y sus conocimientos. Los khojis son rastreadores de la Fuerza de Seguridad de Fronteras de India, que vigilan la línea limítrofe con Pakistán en busca de traficantes de drogas, contrabandistas e inmigrantes ilegales. Los khojis son capaces de diferenciar huellas de camellos, vacas, cabras u ovejas. Aprenden el oficio cuando son solo niños que persiguen a los animales que se alejan de sus hogares a través del vasto desierto. No son un gremio, ni una comunidad, ni se rigen por supersticiones o castas, los khojis  solo veneran a sus predecesores, a sus maestros,  y entre todos ellos, despunta el más extraordinario rastreador que ha existido en la India, el viejo Shaitan Kumar. Una leyenda viva.

Lo conducen a la Fortaleza de la exótica ciudad de Jaisalmer, a las faldas del desierto del Thar y en la puerta de entrada proporcionan a Shaitan la escasa información que se había recopilado hasta ese momento. Allí se perdió el rastro de Narayán, Nival y Erigassi, los tres estudiantes desaparecidos. Un testigo declaró que los vio entrar en la Fortaleza Dorada, iban abrazados, cantando en rayastani y bebiendo a gollete de botellas Old Monk. Nadie los vio salir. La policía local durante dos días escrutó las calles y murallas, inspeccionó el Palacio Real  y el templo Laxminath e invadió los admirados Havelis sin éxito alguno. Es como si se hubiesen desintegrado en polvo amarillo, evaporados y conducidos por los vientos del desierto a una de las  miles de dunas que dibujan el paisaje del Rajasthan. Le proporcionan detalles de su constitución física, altura, peso, características singulares; precisan sus ropajes, sus vestimentas y adornos; y señalan especialmente el calzado, uno de ellos llevaba unas chappal y los otros dos, vestían con juttis.

Shaitan se coloca en un extremo de la plaza principal, frente a la puerta de la Fortaleza, la comitiva permanece a su espalda. La zona ha sido evacuada y la quietud se adueña de un espacio que habitualmente bulle de personas. El suelo arenoso del ágora, vacío de ocupantes y transeúntes, a salvo de ajetreo, es ahora un océano aleatorio de huellas. El funcionario ladea la cabeza y arruga la nariz. «Esto es una pérdida de tiempo. Es imposible», le dice al inspector en voz baja. Los policías expectantes guardan silencio, mientras los dos jóvenes khojis contemplan embelesados cualquier movimiento del Maestro, el rastreador más legendario.

Shaitan recorre lentamente con la mirada la plaza. Su mente se activa y empieza el análisis de cada una de las pisadas que atiborran el foro, deben existir miles, pero el cerebro del khoji funciona vertiginoso, es como una computadora moderna que superpone patrones y dibujos y descarta lo irrelevante, lo que no cuadra. En quince minutos Shaitan ya ha contextualizado la escena y suprimido todas las huellas de animales, predominan las de los camellos de carga y las vacas sagradas. Las pisadas de los animales, están ahí, impresas en la arena, pero en la mente de Shaitan ya han desaparecido y la imagen del suelo es ahora algo más clara. Desecha seguidamente las huellas de niños y mujeres, todos los pies pequeños y los más estrechos. La representación del escenario se torna más limpia, las huellas más ralas, pero aun así la superficie es un mar atestado de pisadas. Separa el calzado que consigue identificar, y elimina los zuecos, los zapatos planos, las padukas, las sandalias. Se aproxima a la esencia, Shaitan entonces hunde sus pies en la arena. Necesita calibrar la densidad, la profundidad de la huella.  Los tres jóvenes iban bebidos por lo que su caminar podría ser algo errático, inestable, por lo que le permite desestimar todos los pasos firmes y profundos. Y entonces las encontró, mezcladas con otras marcas y signos, y quizá fue el instinto de un viejo rastreador o simplemente un golpe de azar, pero no tuvo dudas. Junto a un banco de piedra limosa, percibió unas huellas errantes de jutti, el característico calzado indio identificado por su punta estrecha y plana, de suela única y recta que no distingue entre el pie izquierdo y derecho, al lado de unas chappal corrientes. Supo que eran de ellos, lo demás fue fácil para el gran khoji, en su mente se dibujó la escena de la desaparición, todo el recorrido de las huellas, sus movimientos, sus acciones, sus pasos,  su….

—¿Qué pasa? —le inquirió un joven policia—, ¿Por qué te paras maestro?

—Se fueron corriendo. Les perseguían.

—Explícanos —requirió el inspector pustuloso.

Shaitan les invitó a agacharse. Borró cuidadosamente con la mano la arena hasta dejar solo visible una huella. Era la pisada de una sandalia. Hundida en la punta y superficial en el tacón. En medio de la planta tenía una muesca, una raja en forma de H, como si fuese el tatuaje del calzado.

—Es la huella de un cazador. Estoy seguro. Perseguía a los tres jóvenes —sentenció el khoji.

 La revelación arrojó inquietud en el grupo. Los presagios de un posible secuestro, de un escenario criminal, se habían materializado. No fue una sorpresa, se habían barajado posibles enemigos, comportamientos oscurantistas hacia los jóvenes pero nada definitivo se había hallado, no obstante siempre fue la teoría más razonable. 

La persecución se inició rápidamente. Al grupo se unieron nuevos destacamentos policiales y nueve rastreadores y en poco más de doce horas se cerró el caso. Una vez que se conocían las huellas, el rastro a seguir, la búsqueda se simplificó en lo esencial y los avances eran como olas del mar, sucesivas y continuas. Once Khojis a las órdenes del gran Shaitan Kumar permitió en apenas medio día localizar la cueva donde estaban los cuerpos de los tres jóvenes. Los encontraron hacinados, devorados en parte por las alimañas y con las manos desmembradas y desaparecidas. En la cueva se perdió el rastro del cazador, en la entrada de la oquedad descubrieron cuatro tipos de huellas: unas de chappal, dos juttis y unas sandalias con la marca de una H. Todas entraban, ninguna salían.

Al día siguiente la noticia del diario local de Jodphur informaba del hallazgo y del nefasto desenlace, al mismo tiempo que se elogiaba las aptitudes de un cuerpo sin igual en el mundo, los khojis, los rastreadores.

 

Todo acaba en un funeral.

Frente a Shaitan y Asha hay una pira cimentada en simétricos troncos de Neem, Colocados uno a uno, con esmero, con sentido geométrico y simbólico. Sobre ella yace el joven cuerpo de Veena. Los ojos cerrados y el cabello oscuro peinado y recogido en una larga trenza que cae por encima del hombro acariciándolo. Su expresión facial es dulce como si estuviese dormida en un sueño reparador. Lleva puesto el sari blanco y rojo con el que su madre la presentó en sociedad, distintos abalorios de plata en cuello y muñeca y unas sandalias de piel de búfalo.  

Shaitan Kumar coge una tea del suelo y tras prender el paño que envuelve el extremo lo arrima a la pira. La yesca intercalada entre los troncos chisporrotea y arde rápidamente extendiéndose por toda la pira en pocos segundos. Una gran columna de fuego y humo envuelve a Veena, y colorea de color ceniza el cielo.  

Abren las manos, las elevan al cielo y entonan un himno de alabanza a Shiva. Al terminar, se abrazan, se permiten esbozar la insinuación de una sonrisa. Ahora sus cuerpos y mentes sienten bienestar, paz interior. El camino del mundo terrenal al espiritual no siempre es fácil, pero están seguros de haberlo conseguido, el alma de Veena está a salvo y preparada para la resurrección. El Khoji, entonces, evoca los últimos momentos de su hija y es incapaz de reprimir las lágrimas. El cabello sucio y colmado de tierra, el rostro magullado, los antebrazos lacerados y con marcas de dedos, los muslos repletos de equimosis, la vagina rota, el cuerpo destrozado. Nada pudo hacer por ella, solo oír su último estertor y, entrecortadamente, tres nombres.

Shaitan se mira los pies, aún está descalzo. Al pie de la pira siguen sus sandalias, las mismas que se quitó cuando llegó la comitiva. Las coge y las contempla por última vez antes de que sean consumidas por el fuego. Tienen las suelas rajadas, y una muesca con una raja extraña, en forma de H.

Antonio Martín Acosta (Nerja).

1er. accésit







MÁS ALLÁ DE LA TORMENTA 

8 de diciembre, 4:54 a.m. 

Los ruidos han comenzado siete minutos antes de lo habitual. Aun así es difícil determinar una hora exacta porque el sueño me gana la partida en algún momento impreciso de la noche. Al crujido de la madera se ha unido un siseo intermitente que cobra fuerza para ahogarse a los tres segundos y volver a empezar. Creo que proviene del techo abovedado del comedor o es ahí donde se percibe mejor por la resonancia de la habitación. La noche convierte la casa en una incógnita. Prefiero no salir de mi dormitorio y me entierro bajo las mantas. Pero los ruidos atraviesan cualquier tejido y se te cuelan en los oídos. Las contraventanas de madera repelen el temporal, por eso sé que los ruidos no provienen del exterior, son más cercanos, de este lado de la puerta de entrada. Siento que la noche engulle la casa.

 Flora me dijo que tardaría en acostumbrarme a la sierra pero creo que algo no va bien. Es como si la casa tuviera su propio latido, como si tratara de revelarse. Recuerdo la primera noche. Flora me seguía e insistía en que volviera a la cama mientras yo encendía todas las luces. Eres una “ratilla de ciudad” me decía cariñosamente, quitándole gravedad al asunto. Pero el ruido que ella atribuía a las cañerías roñosas tenía algo de, no sé cómo definirlo...orgánico. Ahora no me cabe duda, la casa intenta comunicarse conmigo.

 9 de diciembre, 4:32 a.m. 

Provenía del sótano. Ha sido un ruido más fuerte de lo habitual, un golpe seco, casi un estruendo. Ahora el silencio es total. Es tan abrumador que siento que me falta el aire. Si Flora estuviera aquí me tranquilizaría. ¿Por qué tarda tanto? Seguro que el temporal la ha obligado a pernoctar en el pueblo. Estará preocupada por mi. Insistió tanto en que viniera: “el aire de la sierra te sentará bien”, decía. Pero ella anda siempre muy ocupada, va y viene desde que la conozco y el temporal la habrá pillado por sorpresa. Algunos de los árboles que flanquean la carretera habrán cedido ante las ráfagas de viento y la habrán hecho intransitable. Un cerco de naturaleza me separa kilómetros del vecino mas próximo y sólo desde la colina hay cobertura. Pero claro, es prefrerible no salir hasta que amaine la tormenta. 

Desde que asomaron las primeras nubes tengo la sensación de que no existe el día. Las horas de mayor claridad no son mas que una antesala de la noche pero aun así me tranquiliza ver los árboles a través de la ventana, doblegados por el viento. A medida que la noche se hace mas densa y cierro las contraventanas, los sonidos del exterior se van consumiendo en un susurro. Después la casa enmudece hasta que decide despertarme a lo largo de la noche. 

Ahora sigo inmerso en silencio. Ese ruido tan intenso me ha entumecido los músculos. Era un golpe brusco, tal vez una llamada, una invitación a que abandone mi cuarto. Me agazapo bajo la coraza de mis sábanas. 

9 de diciembre, 16:34 p.m.

 La escasa claridad del día se filtra por la ranura de las contraventanas. No sé en qué momento me dormí. Me ducho. Mientras dejo que el vapor que desprende mi café me envuelva, pienso en lo acogedora que resulta la casa durante el día. Parece que la lluvia ha perdido fuerza y tengo la sensación de que Flora no tardará en llegar. En la cocina abro cajones, reviso las provisiones y calculo cuántos días puedo afrontar el aislamiento. No tengo de qué preocuparme, Flora es previsora y ha dejado víveres de sobra. Mezcladas con las cajas de infusiones encuentro otras más pequeñas que me resultan extrañamente familiares. Ya recuerdo, son mis pastillas, las que debo tomar. En la residencia no tenía que estar en estas cosas porque Flora me las daba regularmente. No recuerdo la última vez que tomé una. Aparto las pastillas para agarrar la botella de vino que asoma al fondo del despensero. Beber me parece la mejor opción.

 Me despierto todavía embriagado y tengo la sensación de que me encuentro en campo abierto. Han debido transcurrir cuatro o cinco horas desde que me bebí la botella y caí vencido sobre el sofá. La oscuridad sería total si no fuera por la luz que desprende la luna, el primer claro en el cielo desde que llegamos. Mis piernas flaquean pero necesito atrincherarme en mi dormitorio y sentirme cobijado dentro de sus cuatro paredes. Tengo miedo a ser engullido por las entrañas de la casa. Al levantarme, la botella cae vacía y estalla en pedazos. Las contraventanas bailan al son del viento envolviéndome en una oscuridad intermitente. Salgo a cerrarlas. El frío mordisquea mis dedos y lucho contra el viento. Casi está hecho, sólo me falta una mitad por cerrar. Algo me hace parar. Un elemento que no corresponde al paisaje me hace girar la cabeza. Son huellas, no cabe duda alguna, pisadas en la tierra convertida en barro. Se pierden por el camino que lleva a la colina, adentrándose entre los árboles. Un escalofrío me hiela por dentro y corro hasta llegar a mi cuarto.

 10 de diciembre, en algún momento de la noche.

 Me despierto sentado tras la puerta de mi habitación. El dolor perfora mis riñones. Todavía siento los nervios bullendo en mi estómago y oigo la contraventana que no cerré golpeando indiscriminadamente pared y cristal. Hay alguien dentro de la casa. Oigo golpes suaves y cadenciosos, pasos sigilosos que hacen crujir la tarima. El miedo me paraliza. Debo bloquear la entrada de mi dormitorio. Empujo la cama con todas mis fuerzas pero es inútil, pesa demasiado. Lo intento con la cómoda. Jadeo. Mi pecho se infla y desinfla contra los cajones del mueble. Contengo la respiración y escucho. Una especie de alarido traspasa la puerta. Cojo aire y lo vuelvo a contener. Es un balbuceo, parece... ¡la voz de Flora!

 Abro lentamente. El pasillo se ilumina con la luz tenue de la Luna pero todo se oscurece con un nuevo golpe de las contraventanas. Espero de nuevo a la luz y me maldigo por haber olvidado la linterna en el salón. Desde que empezó la tormenta no hay electricidad. El pasillo vuelve a iluminarse y veo huellas marcadas con un rojo cenizo, que identifico como sangre. Tiemblo. Tal vez son mis huellas, tal vez pisé descalzo el vidrio cortante de la botella. Sigo respirando entrecortadamente, echo a andar, calibrando cada paso, deseando volverme invisible. En el salón descubro una silueta a contraluz. Alcanzo la linterna. 

“¡Flora!” grito. De rodillas, me mira asustada. ¿Por qué blande ese cuchillo? No reconozco su cara de terror. “Flora, soy yo, tranquila”, le digo, pero ella se estremece y suelta un alarido. Intento tranquilizarla pero lo único que funciona es mantenerme alejado. “Soy yo”, le repito, y responde agitando el cuchillo torpemente en el aire. Recula sin dejar de vigilarme, arrastrándose, hasta que la pared la frena. “¡He llamado a la policía!”, grita, y me lanza el cuchillo en lo que parece un ataque desesperado. El objeto aterriza sin fuerza en mis pies. “Volverás a la residencia para no salir jamás”, balbucea entre lágrimas. Sus palabras provocan un dolor agudo en mi estómago. Cojo el cuchillo y lo miro. ¿Qué le he hecho a Flora? ¿Por qué le asusta mi presencia? No puedo volver a la residencia. No lo soportaría. La hoja del cuchillo tiembla en mis manos y decido lanzarlo lejos. Todo se nubla de repente cuando siento un impacto en la nuca. Mi rodilla se clava en el suelo, antes de caer desplomado.

 En la oscuridad. Mis párpados están sellados y lucho por mantener la consciencia. Noto un dolor intenso en la cabeza mientras un hilo de sangre me recorre la espalda. Si no fuera porque tengo las manos atadas a la altura de mis riñones, me caería al suelo. “Dijiste que sería pan comido”, es la voz de Flora, me tranquiliza saber que está bien. “Y tú dijiste que se clavaría el cuchillo, que no resistiría tanta presión”, ¿de quién es esa voz ronca?, ¿por qué hablan del cuchillo? Intento abrir los ojos con todas mis fuerzas. La silueta de Flora se va dibujando sobre un fondo de paredes desconchadas. Hay unas escaleras irregulares de madera que suben hacia una puerta azul. Debo de estar en el sótano. No conozco a ese tipo que hace aspavientos y habla acaloradamente. Toso y ambos se fijan en mi. El silencio repentino augura la tormenta. 

“¿Qué está pasando Flora?”, balbuceo. Ella desvía la mirada y se escabulle hacia un rincón, lejos de la luz contracenital que proyecta la linterna apoyada en el suelo. “¿Que qué pasa?”, responde el hombre, “¡pasa que deberías estar muerto, que tras dos intentos de suicidio deberías haberte clavado ese puto cuchillo cuando te lo pusimos en las manos!” Siento que voy a vomitar. “Tenemos que resolverlo, Flora”, dice mirando a la oscuridad. “Esto es distinto, nunca hablamos de asesinato a sangre fría”, responde ella con voz temblorosa. Los golpes siguen sonando en la planta de arriba. La tormenta aulla de nuevo con fuerza. “Ya no hay vuelta atrás. Piensa en todo ese esfuerzo para ganarte su confianza. Las horas extras en la residencia hasta convencerlo de que firmase los papeles y poder traerlo hasta aquí”. No consigo enhebrar la trama de acontecimientos. Intento levantarme y descubro que estoy atado a la silla por la cintura. La tensión aumenta cuando el hombre coge una pala que adorna la pared. “Ya no hay vuelta atrás” repite una y otra vez mirando el rostro de Flora, difuminada en la sombra. Un cristal se rompe arriba y Flora suelta un gemido de congoja que apaga entre sollozos. Es mi oportunidad. Me impulso con las dos piernas y consigo levantarme con la silla atada a mi cintura. El tipo de la pala intenta volverse pero ya he caído encima de él. La linterna baila en el suelo y envuelve el sótano en un baile de sombras hasta que se estrella contra la pared. En la oscuridad, me revuelvo incontroladamente hasta que me libero de la silla, desencajando las patas o tal vez son mis brazos. Movimientos bruscos acompañados de jadeos rasgan el aire. Me imagino al tipo, ya incorporado, blandiendo la pala, intentando cazarme en la oscuridad. Tiene miedo, los tres lo tenemos. Entonces un golpe retumba con contundencia y le sigue otro más pesado, el de un cuerpo desplomándose en el suelo. “Muere cabrón”, grita el tipo mientras la pala cae una y otra vez sobre el cuerpo abatido. Me compadezco de Flora. Casi por accidente encuentro la escalera y me arrastro hasta llegar a la superficie. En cuanto salgo del sótano giro la llave alojada en la cerradura y oigo un grito de desesperación al otro lado de la puerta. La agonía del cazador que descubre que se ha equivocado de víctima.

 Me tambaleo por el pasillo, oscilando de pared a pared. Antes de salir a la intemperie cojo mi móvil del abrigo que cuelga en la percha. Me entrego a la tormenta, a la negrura del paisaje y me siento cegado por el abismo de la noche. Es difícil ver el camino que lleva a la colina, llegar al punto de conexión con el resto del mundo. Como una paradoja del destino, encuentro las huellas que mis verdugos dibujaron en la tierra, esas que pretendían empujarme a la desesperación pero que ahora me guían hacia la colina. Piso firme sobre las huellas y me alejo de la casa, desandando el camino de mi muerte. Ina.


 Juan Carlos Peña Martínez (Almuñécar).

2º accésit.

                                                 


lunes, 1 de noviembre de 2021

" Escribir es defender la soledad en la que vivo" María Zambrano

 

Estimados amigos y socios:

La Aventura de escribir os comunica las actividades que tendrán lugar de forma presencial para el mes de noviembre. Las actividades tendrán lugar con las medidas de seguridad vigente distancia de seguridad, ventilación y mascarilla.

 

Miércoles, 3 de noviembre. 19 horas.

Escritos a Vuelapluma

Se escribirá a partir de diferentes disparadores literarios con técnicas de escritura creativa. Si te animas a asistir, solo tienes que traer papel, bolígrafo y ganas de compartir tu escritura. La actividad tendrá lugar en el Local de la plaza Balcón de Europa portal 1


Miércoles, 10 de noviembre. 19 horas.

Escritos para leer y compartir:

Se llevará  un texto escrito de nuestra autoría sobre la fotografía realizada por Lucía Muñoz. El texto pude ser en prosa o verso.



El texto no deberá exceder de una página mecanografiada o bien dos hojas manuscritas.


Miércoles, 24 de noviembre. 19 horas.

Tertulia literaria: Magdalena Sánchez Blesa.

Se realizara una introducción sobre la autora y su obra, después se recitarán poemas y se charlará sobre la poeta y su obra.



Magdalena Sánchez Blesa

La actividad tendrá lugar en el Local de la plaza Balcón de Europa portal 1.


Os esperamos.

                           La Aventura de Escribir.



martes, 12 de octubre de 2021

Actividades para el mes de octubre 2021

 "Pregúntate por qué quieres escribir, porque eso te va a decir también qué clase de escritor quieres ser".  César Mallorquí

 

Estimados amigos y socios:

La Aventura de escribir vuelve a retomar las actividades de forma presencial, dado que los índices de contagio han disminuido. Las actividades tendrán lugar con las medidas de seguridad vigente distancia de seguridad, ventilación y mascarilla.

 

Miércoles, 20 de octubre. 19 horas.

Escritos a Vuelapluma

Se escribirá a partir de diferentes disparadores literarios con técnicas de escritura creativa. Si te animas a asistir, solo tienes que traer papel, bolígrafo y ganas de compartir tu escritura. La actividad tendrá lugar en el Local de la plaza Balcón de Europa portal 1


Miércoles, 27 de octubre. 19 horas.

Escritos para leer y compartir:

Se llevará  un texto escrito de nuestra autoría sobre el tema AÑORANZAS. El texto pude ser en prosa o verso.

El texto no deberá exceder de una página mecanografiada o bien dos hojas manuscritas.



No te olvides de traer tu mascarilla. 
Os esperamos


domingo, 11 de julio de 2021

IMAGEN PARA ESCRIBIR, FOTO DE JUNIO

 ESCRIBEN SOBRE LA FOTO : Paquita Díez, Francisco Gómez, José Guerrero y Vicky Fernández




PAQUITA DÍEZ

            Me llaman Chulin. A mi me da igual como me llamen, sólo sé que estoy feliz en esta casa de mi amita Fina aunque cuando me asomo a esta ventana con rejas me siento como si fuera un delincuente en la cárcel, pero me lo paso muy bien, desde aquí veo pasar a gente y siempre hay alguna pesada que me saluda y me llama guapo y me intenta acariciar pero yo no me fío y la enseño los dientes para asustarla y que se vaya y me deje en paz. Otra cosa es cuando pasa una congénere y me mira, me envalentono y la ladro pero de diferente manera. Entonces, muevo el rabo con mucho estilo y a veces consigo que intente subirse a la ventana pero no puede y me quedo un poco triste. Cuando me meto para dentro, todo son mimos y caricias, lo que me hace sentirme muy a gusto. 

            De vez en cuando recuerdo como conocí a mi amita. Estaba cansado, llovía, pero seguí andando por la calle dónde me encontraba desamparado   y al pasar por un portal que tenía la puerta semiabierta me refugié dentro y allí pasé un buen rato temblando de frío hasta que una mujer que salió a cerrar la puerta  al anochecer, me vio y dio un grito no sé si de alegría  o de susto lo que provocó mi huida de nuevo hacia la calle, la mujer empezó a llamarme pero yo no me fiaba de los humanos pues no me habían tratado muy bien en mi deambular por las calles, pero tanto insistía en llamarme,    -espera, espera- oí, y me paré. Me llamaba Chulín. Me gustó el nombre. Nunca me habían llamado de ninguna manera. Seguía temblando de frío y esperé que llegase a donde estaba. Al oír su voz me dio una corazonada y en ese momento me acordé de mi madre que cuando era pequeño me decía que era muy útil a vece  fiarse de las corazonadas y así me dejé coger. Tranquilo, tranquilo me repetía. Yo, aunque con un poco de miedo me fié y cuando la vi cómo me miraba me dio seguridad, me pareció buena persona. Cuando me cogió en sus brazos sentí un calor especial. Dejé de temblar y se lo agradecí con un lametazo. Ella me achuchó aún más, y me dio un beso. Una vecina al vernos preguntó ¿Pero Fina, dónde lo has encontrado? Fina la explicó lo sucedido y así me enteré que mi nueva amita se llamaba Fina. Que nombre más bonito ¡pensé¡. Cuando entramos en casa me lavó me peinó y me dio de comer algo alargado que me supo buenísimo. Me colocó en un colchón tan calentito, que dormí toda la noche como un lirón. Soñé con mi madre, fue un sueño muy agradable. Cuando me desperté pensé en lo preocupada que estaría por mi. Hacía  ya varios meses que no sabíamos uno de la otra, pues en un descuido me despisté y la perdí de vista cuando andábamos  por el campo buscando algo de comer. Lo siento por ella, pero se alegraría si supiese que he tenido suerte de encontrar una amita que me quiere mucho y se llama Fina.

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FRANCISCO GÓMEZ

El perro es             El perro es feo de coj..., pero eso no es lo que importa.

            La dueña de este pobre desgraciado tiene razones para sentirse la mujer más infeliz del mundo. Aclaremos antes de nada que el nombre que aparece en la fachada, es decir, CASA FINA, en absoluto tiene que ver con la dueña de perro. Lo de casa fina, se refiere a que aquí, en esta casa, siempre ha vivido gente fina. De hecho la decoración interior nada tiene que envidiar al palacio de Versalles. Volviendo a la dueña del perro, diremos que nació en Valladolid, vamos, mejor dicho, en la provincia de Valladolid, porque en realidad aparece registrada como natural de La Mudarra. Su padre era boticario, y Rosita, que ese es el nombre de la susodicha, estudió Farmacia. Su vida hasta ese momento, el de su licenciatura, fue gris, plana, cada día igual de aburrido que el anterior. Sin embargo, justo en el momento de recibir de manos del Decano el premio Cum Laude al mejor expediente de su promoción, justo en aquel momento, el mundo se le derrumbó ante sus ojos, el suelo se movía, tuvo miedo de perder el equilibrio y caer al suelo de la tarima a la que había subido. Pero a su vez, por primera vez en su vida veía claro, que estaba equivocada, que lo que ella quería era ser veterinaria; poder cuidar y curar animales. En su mente aparecía su padre como principal inductor a su error. Al llegar a casa, lo primero que hizo fue increpar a su padre, el pobre don Basilio, lanzándole, improperios y todo lo que había recibido de manos del Decano. Algunos días después, Rosita, hacía las maletas y viajaba a Santander para incorporarse al destino que le había correspondido: La farmacia Gallardo. En ella haría las preceptivas prácticas necesarias para aspirar a tener farmacia propia. Sintiéndose tremendamente desgraciada, por tener que trabajar en algo diferente a lo que le gustaba, se pasaba el día llorando y anhelando un cambio de fortuna. 

            Rosita sólo tuvo tres días de felicidad. Coincidieron con los que tuvo la oportunidad de encargarse del perro de un cliente, quién ante la necesidad de realizar un viaje, se lo dejó a su cuidado.

            Al tercer día, el perro desapareció. Rosita movilizó a todas las fuerzas vivas y muertas de Santander, pero nada. La policía fue contundente. El perro había sido robado. El dueño del perro asumió la situación, pero Rosita no, y siguió indagando hasta el extremo de aparecer en sus pesquisas como la dueña del perro. Rosita siguió sintiéndose tremendamente desgraciada.

            Finalmente, sus esfuerzos dieron sus frutos y gracias a Paquita, la que vive en Nerja, pero que es de León, casi paisanas, pudo saber que el perro vive en la casa fina, en la casa más fina de Nerja y que a pesar de lo feo que es, recibe el afecto de todos los habitantes de Nerja, por lo que es muy feliz.

Rosita también es feliz y suministra Omeprazol o lo que haga falta, siempre con una sonrisa en los labios. Está intentando venir a vivir a Nerja, para estar cerca de su perrito, pero con los precios de los alquileres, tendrá que esperar algo más de tiempo ahorrando. En tanto, Paquita la sustituye eficientemente.

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JOSÉ GUERRERO

UN POEMA O AL ABRIGO DEL MEJOR AMIGO DEL HOMBRE

   Ser o no ser parecía ser la bandera que enarbolaba Virginia en aquella disputa tan singular, semejante a la Razón de amor del agua y el vino en tiempos del medievo, a cerca de cuál de los dos era más útil a la Humanidad, connotando el agua el amor puro, y el vino el sensual.

   Y las aguas volvían a su cauce cuando aparecía por entre medias la alegre perrita hipnotizando al personal, cayendo en semejantes momentos rendidos a sus pies, como arrastrados por un complejo de cánidos.

 Lo tenía muy claro Virginia, sólo suspiraba por hincar el diente en la molla, ver plasmados en un folio por dónde discurrían en noches de aviesos vientos los tejemanejes de la pareja, los pálpitos o íntimos subterfugios.

   Su objetivo consistía en descascarillar el núcleo duro de Lucio, abriendo en canal el melón de la farsa o frívolas bagatelas que se guareciesen en su trastienda, al estimar que remedaba al papa de Roma con apotegmas (cosas agraciadas y donosas como las que recopiló el viejo Catón) o dogmas, siendo el fondo de la cuestión palpitante.

   Dicho y hecho, pensaba. Y bullía todo en una especie de hermético frasco apostando por llegar hasta las últimas consecuencias en sus pretensiones, señalando que los hálitos de Lucio se cimentaban en una aparente solidez, que no mostraban los fidedignos sentires de lo que se entiende por un abnegado y auténtico poeta que se precie de ello, rubricando en sus versos los charcos, incógnitas o secretos que se apilan en la mochila de los días.

   Las cosas así de entrada, con tales guiños y huraño rostro tenía bemoles y unas retorcidas aristas, no sabiendo a ciencia cierta por dónde meterle mano a los mantos de hojarasca o borrascosa convivencia que germinaba en ese campo, al no encontrar fehacientes cimientos o frutos maduros para su discernimiento, ni la hora justa del reloj que llevaba en la muñeca para sentarse tranquilamente, pedir un café y poner el reloj en hora.

   Eran a veces esperpénticas cuñas o situaciones que dormían en el ambiente y que a nada conducían por ambas partes, unos días por ser tarde y otros por demasiado temprano, o tal vez sonaba el teléfono, pero nadie respondía.

   Todo se iba convirtiendo en un barrizal difícil de cruzar, ya que la mugre de los pensamientos trepaba por el árbol de sus vidas alimentando el desconcierto, las intrigas o necios desvaríos. 

   Lo que realmente quería Virginia era desenmarañar de una vez el pastel que tenía delante, saciar las ansiosas inquietudes que vivían en el limbo, vegetando como la maleza que crece en los terrenos silvestres y no tiene hartura, desplegando las garras como envenenadas fieras intentando acapararlo todo, y fulminar al otro con torpes movimientos o inanes argumentos, no habiendo por dónde cogerlos.

   Nada frenaba los impulsos que entraban en juego en la pareja con el sonsonete de tú más o yo no soy responsable de nada, y de esa guisa los encontrados encuentros terminaban casi siempre como el rosario de la aurora, aunque se esmerasen en no pocas veladas poner al día y pelillos a la mar, firmando la paz, pero se difuminaba el arcoíris del buen tiempo, disipándose las esperanzas tan pronto se abría la puerta a los pensares en turbias tardes de incoherencia, porque se esforzaban por buscar certidumbre y concordia incluso en las horas de recio incordio, y brotaban los malentendidos o rencillas a la vuelta de la esquina apostillando, nunca me traes flores, no tienes ninguna atención conmigo, sólo disfruto de los geranios y pensamientos del balcón ornados con el caldo de cultivo de los estados de ánimo y cambios de estación, aunque los alérgicos berrinches me fustigan con saña no dejándome en paz, -argüía ella-.

   Y no había forma de que aflorasen los negros pensares despojándose la pareja de las máscaras al subir por los peldaños de su horizonte, y de esa manera pudiese Virginia respirar tranquila y feliz, desentrañando en un plis plas lo más escurridizo de la identidad de la pareja.

   Un día sin pensárselo mucho pero con la alegría en el rostro, fue la pareja harto animosa a mostrarle la obra a Virginia, aprovechando un claro de lluvia de reproches llevando en las manos ensimismado y todo eufórico un poema, y con mucho mimo y empatía empezó a leerlo, escuchándolo ella con los cinco sentidos, incluido el sexto, que andaba perdido por los rincones, y escuchaba toda radiante y animosa sin nada que ensombreciese su desarrollo, ningún respingo o estornudo importuno por parte de ella.

   Pero según fue transcurriendo el tiempo de la cadencia y carrera literal de las líneas, lo que era aquiescencia cortesía por su parte, de buenas a primeras empezó a soplar un viento huracanado arrancando las flores del jardín del solemne acto, al cerciorarse Virginia de la autoría, rasgándose ipso facto las vestiduras, como si fuese una estafa o un tiro rozando su frente, al descubrir en aquel frente poético otro nombre distinto de su pareja, cayendo como una bomba atómica en sus afanes de ensoñación, que era nada menos que el insigne Antonio Machado.

   Y cuál no fue el repudio que exhaló, no lo pudo evitar, que una pelusa que se movía dislocada por el aire fue a posarse en su ojo izquierdo causándole de pronto un abundante goteo lacrimal acompañado de llanto y gritos de espanto, gritando a los cuatro vientos: ¡yo quería el tuyo, yo quería tu poema!

   Y se enzarzó en improperios y la mala ventura contra la persona del celebérrimo poeta, enrareciéndose de tal modo el ambiente que evocaba las peleas y zarpazos de las andanzas de don Quijote con una tormenta de salivazos y dimes y diretes, que el propio Machado no lo habría creído, y no digamos si se tratase de otros poetas como, Góngora, Quevedo, Lope, García Lorca, Ladrón de Guevara o el mismo Pepe Hierro con su poema definitivo, “Después de todo, todo ha sido nada/, a pesar de que un día lo fue todo” (.), diciéndolo como si estuviese brindando con un vaso de buen vino, como el prístino y célebre Berceo, por los dioses del Olimpo o poetas del Parnaso.

   Pobre Machado si levantase la cabeza, no sabemos cuál habrían sido sus palabras en tales circunstancias, o qué memeces en las redes se exhibiesen al hilo de lo vivido o urdido, tal vez sintiesen celos, pena o tristeza o una especie de acoso de género literario por sentirse ninguneado, acaso por el parlamento de Juan de Mairena o Campos de Castilla o las tardes con Leonor por las verdes sendas de Soria: “Soñé que tú me llevabas/ por una blanca vereda/, (.), Sentí tu mano en la mía/, tu mano de compañera/(…), como una campana virgen/ del alba de primavera (.).      

   Y aterrizando en la semántica del poema, ya es vox populi que es una composición literaria en verso donde el autor se desnuda derramando emociones, sentimientos, pensares, de ahí los suspiros de Virginia.

   Y en otro sentido el vocablo poema apunta a algo cómico, esperpéntico, como, el traje que llevó a la fiesta era todo un poema.

   El poema por la etimología apunta a la creación, al mundo literario, siendo de tomo y lomo su areola, campando a sus anchas por campiñas líricas o intrincados lodazales destripando las estrías del alma, la que maneja el timón de la barca en las idas y venidas por los mares de la vida, sacando pecho a la luz de la luna a veces, y con la savia subiendo por las venas más íntimas del ser humano.

   Y mientras tanto dormía la perrita a los pies de sus dueños, sencilla y querida por todos con sus legendarias raíces, asomándose al mundo a través de los ojos de la ventana con acicalada dulzura y amorosos aires de fidelidad y lealtad, regalando vida y sembrando empatía a chorros con los dueños y vecinos del barrio al cruzar sus dominios.

   En la ventana brillaba su excelsa mirada aplacando los malos humores, y proyectaba escenas bucólicas, como si a pocos metros pastasen unas blancas ovejitas, y con su fino olfato e instinto extendiese en lontananza sus mágicos y entrañables prismáticos limando asperezas, allanando escollos o marcando las pautas a las criaturas en su labor solidaria colaborando con los necesitados, invidentes o tullidos en cada trance o acontecer del vivir.

   En el poema El perro cojo de Manuel Benítez Carrasco, la pena y compasión del animal hierven en la tinta del poeta cuando asevera, “El perro me entiende, sabe/ que maldigo la pedrada/: aquella pedrada dura/ que le destrocó la pata/ y con el rabo me está/ acariciando la lástima (.). Ahora ya sé por qué está/ la noche agujereada/, ¿estrellas?, ¿luceros? ¡No!/, es mi perro que cuando anda/, con la muleta va haciendo/ agujeritos de plata.

   Charles Burden, muy dolido por el asesinato de su perro lo denunció a las autoridades, y fue objeto de burlas por ello. La defensa del abogado George Graham Vest fue la primera piedra del cambio de escenario, constituyéndose el corpus jurídico de los derechos de los animales.    

   Nunca es tarde para aprender, y más si la dicha es, a todas luces, buena.  

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VICKY FERNÁNDEZ

    Copito, el perro de mi vecina Fina, es un chiguagua blanco como la nieve, de ahí su nombre. Tiene bastante malas pulgas y se pasa el día entero en el alféizar de la ventana enrejada del salón con las orejas tiesas expectante de todo lo que sucede ante él. Se puede decir que prácticamente vive en ese carcelario rectángulo enlosado de rojo burdeos. Es raro verlo en la calle, ni para hacer sus necesidades caninas, ya que sus heces las deposita en el patio interior de la casa. Se cree el guardián de nuestra calle. Está siempre alerta y no hay vehículo, transeúnte o animal que pase ante su ventana al que no le ladre. A los barrenderos, carteros y repartidores son a los que menos tolera y a los que más ladra, no se sabe porqué se vuelve casi loco cuando los huele, incluso los aborrece más que a los gatos. Y que no se atreva nadie a tocar el timbre de la casa o de acercarse a su reja. Es entonces, cuando las altas frecuencias de sus agudos ladridos taladran los tímpanos de la vecindad e incluso de los que viven en las calles aledañas. Aunque como dice el refrán; perro ladrador poco mordedor.

            Menos mal que por las noches lo tienen dentro de la casa y podemos dormir tranquilos. Eso sí, a las ocho en punto de la mañana lo dejan en su minúsculo habitáculo y ya todos tenemos que despertarnos queramos o no.

      Soy vecina de Fina, ella es muy mayor y el perro le sirve de compañía, todos la comprendemos, así que soportamos con paciencia los ladridos del esmirriado perrito. Siempre la he visitado, pero desde que adoptó este perro procuro ir poco a su casa, solo lo imprescindible porque Copito es lo más antisocial que conozco en su especie, además de ladrar, se lanza hacia la persona que osa atravesar el quicio de la puerta de la casa y se engancha con sus afilados dientes a los pantalones o a las faldas y no te suelta, a ser que le des una patada y no es cuestión de maltratar al animal. No muerde, pero el susto te lo llevas Ya tengo varios agujeros en mi ropa imposibles de zurcir.

      En fin, aguantaremos con estoicismo al chucho, todo sea por el bienestar de nuestra vecina Fina.

            

 




lunes, 31 de mayo de 2021

IMAGEN PARA ESCRIBIR, FOTO 1 Y 2, MAYO

 Escriben: Marcos Marín, Lucía Muñoz, Juanita Viruega, Vicky Fernández, José Guerrero y Paco López



MARCOS MARÍN
Al amanecer, al despertar,
abre María las ventanas
para ver la luz del Sol despuntar
y dar al nuevo día las gracias

Se explaya mirando las golondrinas
y el agudo piar que se oía,
volando por el cielo de las mañanas.
Respira hondo el aire del día.

Empezaba a hacer algo de calor
y tiene que salir a comprar.
Viste liviana ropa de azul celeste, color.
Coge el carro, y sale para bajar.

Se sienta en una mecedora,
al caer la tarde, con sosiego.
Con ganchillo, tapetes labora,
que a la gente regala luego.

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LUCÍA MUÑOZ
AMADORA Y PAUL
           Amadora, a sus ochenta y nueve años, no tenía más distracción que mirar por la ventana de su comedor cada vez que tendía la ropa que ella misma lavaba a mano. 
            Algunas veces, cuando observaba a algún turista, o alguna pareja de jovencitos, su mente, ya un poco nublada por los años, le traían recuerdos de su niñez y juventud, sobre todo, de la época que ella era una jovencita delgada con pelo largo castaño que gustaba de montar en bicicleta y pararse a descansar y ver el atardecer en unos de los soportales entre dos columnas de la calle que daba al precioso puente veccio, por donde discurría a veces tranquilo y otras enloquecido el río Arno. Uno de esos atardeceres se le acercó un joven, alto y delgado, con pelo rubio rizado. Ella al instante se ruborizó.  El joven, que estaba de turismo en Florencia, le preguntó en inglés por un restaurante, donde había oído, que la dueña cantaba Arias mientras servía a los clientes los ricos platos que su marido preparaba. Amadora sonrió al turista inglés, pues resultó que ese restaurante era el de sus padres y la que cantaba Arias era su madre.  Juntos caminaron hasta el restaurante.  Paul, se emocionó de la voz de la madre y se enamoró de la belleza de Amadora. Desde ese día, durante las dos semanas que permaneció Paul en Florencia, una mesa estaba reservada para él. La despedida como todas las despedidas de enamorados fue dura y tristes, se prometieron amor eterno y de cartearse cada día. Paul volvió a Florencia un año después con su diploma de abogado bajo el brazo, y ya nunca más se separaron hasta el día que Paul murió entre sus brazos. Aún rememora Amadora los largos paseos en bicicleta con su Paul, y cómo se detenían a descansar junto a las columnas donde se conocieron, y se besaban y abrazaban, viendo cómo caía la tarde dando un color amarillento y rojizo al río Arno.

Amadora se estremece al sentir la ligera brisa de la mañana que le trae, como un eco a su memoria, una hermosa voz que cantaba:

"Te voglio bene assaje,

Ma tanto tanto bene sai

è una catena ormani,

Che scioglie il sangue dint' 'e' vvene sai. ...."

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JUANITA VIRUEGA

 Alicia estaba asomada a la ventana como si estuviera esperando a alguien y nerviosa porque no llegaba. 

Sentada en una banco, Luisa, una vecina, descansaba de su paseo en bicicleta, antes de subir a su casa. "Parece que no llevas prisa está mañana", le dijo Alicia". Ésta levantó la cabeza y le espetó: "baja, anda y nos tomamos un café".

Su amiga dudó un poco pero al final bajó. Luisa le comentó que le iba ha sentar muy bien intercambiar unas palabras con ella. Empezaron a hablar del tiempo y de cosas banales hasta que Luisa se mostró algo sería. Le explicó que se le había presentador un pequeño problema y temía darle un disgusto a su hijo. Alicia le invitó a que se lo contara. 

"A veces, los amigos pueden echar una mano", insistió Alicia.

Luisa empezó a contárselo, comentando que en realidad era una tontería pero que se lo tomaba todo muy a pecho. Su preocupación era no quedar bien con la gente.

Alicia le escuchó atentamente:"Ya sabes que a mi hijo le gusta mucho el ciclismo, como a tí, y desde que le compramos la bicicleta de carreras, siempre que puede, se va a entrenar por esas cuestas tan peligrosas. Quiere participar en la prueba ciclista en las fiestas del pueblo. Yo me siento preocupada pero al mismo tiempo no quiero quitarle esa ilusión. ¡Qué no haría una madre para su hijo y sobre todo el mío que es tan bueno!

Alicia le reconfortó, diciendo que eso no era importante.

Pero Luisa prosiguió. "El problema es que me llamó Manolita, la de la farmacia, para preguntarme si Eduardo podría ir a cortarle unos leños porque el otoño se nos echaba encima y el frió con él".

Alicia le comentó que conocía mucho a Manolita, que eran buenas amigas desde que se instaló en el pueblo pero tenía un defecto, que era muy tacaña y que seguro que le pagaría con unos cuantos euros, adujo Alicia. 

Luisa le manifestó que no importaba lo que le pagase, eso no le preocupaba. Siempre ha sido una buena amiga y muy atenta con ella. A su hijo le tiene mucha estima.

Alicia no entendía cuál era el problema.

Luisa le informó que tenía que ser el domingo por la tarde y Eduardo estaba pensando en ir a Madrid para ver la llegada de la vuelta ciclista de España.

Le dijo a Manolita que no había problema sin saber los pensamientos de su hijo. No quería ni imaginarse el disgusto que se llevaría su hijo.

Tras la conversación, las dos amigas se fueron cada una a sus quehaceres.

Alicia, en vez de irse a su casa, se dirigió a la farmacia. En la puerta dudó un segundo en entrar pero al fin, accedió al local. Se saludaron y entre y cliente, cómo el que no quiere la cosa, Alicia habló del tiempo tan veraniego que aún disfrutaban, aunque no había que fiarse porque cuando menos lo esperas se tiene el frió encima. "Ya me hago cargo", respondió la farmacéutica. "Precisamente, hace un rato, le he pedido a Luisa que me mande a su hijo el domingo para que me partiera la leña", contestó Manolita. "Es un muchacho la mar de bueno y atentísimo", preciso la misma.

Alicia aprovechó para comentarle que ya se lo había dicho Luisa y que estaba muy disgustada pues decía que era una abusona, que por no querer llamar a un profesional, le pediste que fuese Eduardo para ahorrarte el dinero. Alicia le suplicó que no le dijera nada a Luisa.

El enfado de la farmacéutica fue tremendo, no salía en sí de su asombro. Ni se podía esperar un comportamiento de tal naturaleza de la que tenía por muy amiga.

Nada más salir Alicia con una malévola risita en los labios, Manolita, en un arranque de ira, se fue al teléfono para pedir explicaciones a Luisa. 

Cuando Luisa se lo aclaró todo, Manolita le recitó unas frases que siempre le recordaba su madre:

Cuando dos amigos tienen confianza es porque se demuestran que vale la pena confiar en el otro. Se tiene una opinión totalmente positiva. Y si ésta se rompe por alguna razón, será muy difícil recuperarla. La confianza se gana cuando la persona demuestra lealtad y que busca lo mejor para su amigo.

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VICKY FERNÁNDEZ

         La pequeña ventana de la cocina, protegida por dos persianas verdes de madera, era la única visión que tenía Ana Méndez del mundo, o, mejor dicho, de su mundo. Esa ventana y la pantalla de la televisión constituían las dos únicas fuentes de conocimiento de la realidad que la rodeaba. Tan solo asomaba la cabeza por la ventana para tender o destender la colada, cada cuarto de hora tocaba la ropa para comprobar si ya estaba seca para descolgarla de los cordeles. Para colocar las pinzas de la ropa se concentraba al máximo porque no quería que cayeran a la acera y perder alguna, la misma concentración ponía cuando tenía que retirarlas. Ni se entretenía en mirar a las personas que iban y venían por la calle, nunca le interesó el devenir de los demás.

          Ana había cumplido noventa años y estaba orgullosa de poder realizar todas sus tareas domésticas sin tener que depender de una asistenta por horas, aunque la tenía asignada gratuitamente por los Servicios Sociales del Ayuntamiento. No quería que personas desconocidas le tocaran sus cosas ni que se las cambiaran de sitio ni la trataran o hablaran como si fuera una niña pequeña o estuviera lela. No soportaba que la visitaran sus dos hijas porque solo querían mangonearla, pero Ana les dejaba claro que ella era la dueña y señora de su casa y que no la consideraran una mujer dependiente.

            Vive recluida desde hace cinco años en su piso. Una reclusión voluntaria desde que le atropelló una bicicleta en la acera cuando se dirigía al mercado municipal para hacer la compra. Como consecuencia de esta caída tuvo rotura de cadera y de hombro y estuvo hospitalizada quince días. Ana, a partir de aquel accidente cogió miedo a salir de su casa sola o acompañada y se negó a poner los pies en la calle. Una vez en semana hace un pedido telefónico al supermercado para que le lleven la compra.

            Ana es una de esas mujeres admirables que lucharon y se sacrificaron en los tiempos de escasez en este país, que se olvidó de ella misma para dedicarse en cuerpo y alma a sacar adelante a sus cuatro hijos. Era viuda cuando salió del pueblo huyendo de la miseria y llegó a la capital buscando trabajo; fue camarera, costurera, planchadora, operaria en un almacén de pasas, es imposible numerar toda la relación de ellos. Ahorró para comprase el piso en el que vive y del cual no piensa salir hasta que no la saquen en el ataúd.

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JOSÉ GUERRERO

PRIMAVERA O PERDERSE POR LAS FRAGANCIAS FLORENTINAS

   El mes de las flores era el escenario propicio para que Rosario disparase toda su artillería y dotes planificadoras con no poco desparpajo y sigilo, dirigiendo el protocolo en la parroquia del pueblo con el lema, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, realizando las diferentes tareas, como la ornamentación del altar de la Virgen con los inmaculados ramos de flores que traían para la novena.

   En todos estos menesteres ella se las prometía muy felices. Todo le iba miel sobre hojuelas. Los días rivalizaban entre sí diluviando alegría en el ambiente, junto con los bruscos cambios climatológicos propios de la impredecible primavera, pintando los más exóticos horizontes crepusculares.

   Nunca pensó Rosario en permanecer en la costumbre, enrolándose en la parafernalia ancestral quedando para vestir santos ni mucho menos, ya que con su talento y ardides echaba por tierra todo eso y más saltándose los controles más estrictos si fuese necesario, y despacio pero sin pausa fue modulando su mundo, priorizando las aficiones y delectaciones más rabiosas, y de esa guisa tras los oficios eclesiales llegó a ser con el paso del tiempo y con todos los honores madre soltera, en una época tan recatada y puritana.

   No se andaba por las ramas a la hora de aliviar tristuras, y se movía con los pies en el suelo conjugando lo divino y lo humano, la mística y la magnesia pergeñando los escarceos de su instinto, como pelar la pava en el parque como cualquier hijo de vecino, sin que se le cayesen los anillos.

   El nudo del relato se fragua en el mes de mayo por múltiples razones, como ocurre en el Romance del prisionero, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando los enamorados van a servir al amor, y vestía Rosario ropa ligera con generoso escote, lo que hacía que brillasen aún más sus encantos.

   Y pasaban por su vida aprisa y corriendo los días, los estados de ánimo, las estaciones y pensares sin saber nunca lo que le aguardaba a la vuelta de la esquina.

   Fue un día gris de negros nubarrones cuando Rosario se sintió de pronto rara, indispuesta, y los dedos se le volvían huéspedes presagiándose lo peor. Y empezó a hervir en su interior lo nunca imaginable, unas extrañas contracciones y preocupantes pálpitos no sabiendo a qué atenerse, llegando a tumbarla la tristeza.

   Ante el cariz tan alarmante que iba tomando su estado físico y psíquico, no acertaba a manejar el timón de su barca, yendo como veleta al son del viento, y en un acto de honda reflexión acudió a la ginecóloga a fin de esclarecer todas sus aflicciones.

   Tras una batería de pruebas de toda índole, al salir a la calle camino de su mansión se desmayó cayendo de bruces en mitad de la acera, desvelándose su misterio a plena luz del día con toda rotundidad, reconociendo con lágrimas en el alma que las hormonas la empujaban a convertirse en varón, sintiéndose culpable, y no podía soportar la presión a la que se veía sometida, así como lo más importante, el no seguir desempeñando el rol de madre.

   Su retoño de dos añitos, la inocente y preciosa criatura a su corta edad no entendía lo que se cocía en derredor, encargándose la abuela materna de su cuidado, la alimentación y la educación.

   Ella tan pronto como pudo cambió de aires. En un súbito vuelo se trasladó a Latinoamérica con intención de rehacer su vida de la mejor manera.     

   Lunático, flemático, ido, evanescente, vil o cuerdo, tales epítetos y muchísimos más sonaban en aquel enrarecido ambiente al hilo de los avatares que acaecían, coincidiendo con los tiempos enmarañados y locos de aquella retadora primavera, como lo rubrica el proverbio, la primavera la sangre altera, ¡y de qué manera a veces!

   Es increíble las sorpresas que da la vida en los vaivenes del vivir. En determinadas coyunturas del fluir del tiempo, los lances e ilusiones pueden llegar a los más insospechados tronos, bien por fallos de la madre natura, bien por necios o caprichosos desvíos de malavenidos procesos en los que el carburante humano pierde el norte y fuelle discurriendo por otros cauces equivocados, o vaya usted a saber el porqué, y se desborda el río de la vida con tal virulencia que arrasa con todo, como el río Chíllar o el de la Toba, no dejando títere con cabeza, no pudiendo Rosario salir airosa de tamaña tropelía sumida en el abismo.

    Los vínculos de unos endemoniados vientos con intrincadas mareas la arrastraban hacia otros horizontes poco fiables, que iban in crescendo en sus sentires.

   Una especie de gusano invisible la mordía y roía en el silencio de la noche, y las pesadillas y angustia se cebaban con ella, y no podía por menos que reconocer el misterioso veneno que la embargaba sufriendo vejaciones o arrebatos dentro del cuerpo al verse convertida en hombre de repente, cuando el bebé que amamantaba con su pecho y leche abrigaba en sus genes las esencias de la madre, y no tenía más remedio que apechugar con ello rompiendo con lo anterior, el trascendental papel de madre.

   El pasado invierno, sin ir más lejos, le había resultado matador al no transcurrir un día sin que no se le atragantase algún hueso duro de roer en las salidas y entradas de su vivienda, o verse envuelta en fraternales enfrentamientos o ásperas controversias con los allegados, recibiendo golpes de todo tipo, sintiendo dolores o un inquietante hormigueo en el pecho que le alarmaba sobremanera en las coyunturas por las que atravesaba, aunque su corazón quisiese alcanzar la luna para su bebé o el mismo sol en un ataque de enajenación mental.

   No disponía Rosario del tiempo preciso para arribar adonde le encantase, y llevar a cabo tal hazaña enterrando lo tóxico y pútrido soslayando la tozuda realidad por mucho que lo postergase.

   Tenía que romper con el pasado forzosamente, con lo que había conformado su cáliz de vida, y buscarse otros amaneceres, nuevos alicientes, una refrescante luz o bosque encantado poblado de verdes pinos y robles donde folgar, expulsando los malos humores que habitaban en su cuerpo, tales como desengaños, incomprensiones o bofetadas promovidas por las aparentes incongruencias que afloraban en los más variados campos, como por ejemplo, en el mundillo de la moda llevar escotes, minifaldas, o en el asunto culinario por mor de los antojos de los suyos por tomar arroz con leche a destiempo algunos días, acarreándole no pocos disgustos, echando mano de milagreros ungüentos o visitas al galeno por los reiterados vómitos acentuados en los días festivos o fines de semana, como si le hubiese tocado el gordo en el sorteo de la vida, a pesar de no haber metido ni un centavo en tan macabro juego de lotería.

   Tal suceso tan sui géneris y privado a nadie interesaba, ni ella quería que llegase a sus oídos, asumiéndolo Rosario con regocijo. No le agradaba en absoluto que anduviese su vida en boca de la gente ni por asomo, lo tenía muy claro.

   A Rosario le hacían muy feliz los viajes, y perderse por el planeta Tierra. La última vez que estuvo en Florencia le acompañó una amiga dispuesta a olvidar las andanzas y correrías de otros tiempos, cuando la visitaron con la ilusión de descubrir un nuevo mundo o el paraíso perdido de la Biblia.

   Más tarde quiso establecerse en la Toscana y crear un nuevo nido llevando una vida placentera, trabajando y estudiando las tradiciones y acervo clásico de aquellos envidiables parajes que le subían al tren de la vida, despertando la curiosidad y el interés por vivir el arte y la historia de la Humanidad.

   Pero ahora no pasaban por su mente tales encantamientos, y lo que le motivaba era ser ella misma, y hacer lo que se le antojase hasta madurar el concepto de ser un hombre, el nuevo enfoque existencial.

   En los tiempos borrascosos que le tocó vivir a Rosario quería sentirse auténtica, pidiendo a los cielos que fuese cuanto antes la operación sexual, y con la ayuda divina llegar a ser un apuesto galán, y echarse luego una novia firense, porque aseguraba Rosario que las nativas de la Toscana llevaban en el alma un sello indeleble que le hacían estremecer, y dibujaba corazones en el aire con la yema de los dedos, convencida de que con su gracejo marcaban de por vida a los visitantes de tan seductores lugares.

   Recordaba Rosario que cuando llegó la primera vez a Florencia lo primero que hizo fue alquilar una bici, o mejor aún, se la encontró en una plaza sin ningún amarre, yendo con la amiga a patear las plazas y rincones más emblemáticos de la ciudad, deteniéndose en los monumentos señeros inhalando sus aromas primaverales, las fragancias de jardines, parterres y coquetas macetas en ventanas y balcones quedando extasiada por momentos, aunque sin caer en el síndrome de Sthendal.

   Ese aire nuevo que refrescaba su rostro le ayudaba a serenarse ante los acerbos advenimientos y pasos tan comprometidos y valientes que debía emprender, al convertirse en un hombre maduro, toda una mujer hecha y derecha como era ella, acostumbrada en el pueblo a rezar el santo rosario en la novena del mes de María, así como en casas de vecinos por el deceso de algún familiar, quedando la gente eternamente agradecida.

   Quizá siguiese Rosario las huellas intelectuales del filósofo griego al pie de la letra, “nosce te ipsum” (conócete a ti mismo), y en ésas andaba buscando unos sólidos pilares y sugestivas estructuras para su flamante edificio humano, su persona, un hombre recién hallado dispuesto a comerse el mundo, a enfrentarse a los tiburones que le rodeaban y a los aviesos vientos que le abordasen navegando por el mar de la vida, yendo con la cabeza bien alta, y a su vez sacrificarse por su vástago, dándole todo el cariño del mundo, corrigiendo a la madre natura que en ocasiones mete la pata sin paliativos, y aportar su granito de arena al buen hacer, dando testimonio con su conducta y lecciones al Sumo Hacedor por aquello de que nos hizo a su imagen y semejanza.

   La primavera borra las estatuas del miedo con su hermosura y aromáticos encantos, decorando las tierras del alma, las campiñas y oteros generando inconmensurables panorámicas y delicados sueños a través del arte, y más aún en Florencia por la majestuosa beldad que destila su corpus artístico configurado por la mano humana, derrochando excelsas joyas con sumo talento en un carrusel de monumentos, así como en el mundo creativo de las letras y la poesía.

   Lo atestiguan con voz recia autores como Boccaccio, Dante o el ardiente Petrarca a través del célebre soneto a su amor, Laura, “Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra/, y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo/; y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra/; y nada aprieto y todo el mundo abrazo/. Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra/, ni me retiene ni me suelta el lazo/; y no me mata Amor ni me deshierra/, ni me quiere ni me quita el embarazo/. Veo sin ojos y sin lengua grito/; y pido ayuda y parecer anhelo/; a otros amo y por mí me siento odiado/. Llorando grito y el dolor transito/; muerte y vida me dan igual desvelo/; por vos estoy, Señora, en este estado”.

   Y por tierras hispanas, brilla con luz propia la primavera en poetas como, Antonio Machado, que exclama estupefacto en sus versos, “La primavera ha venido/ y nadie sabe cómo ha sido//… O Juan Ramón Jiménez que, abocado a la melancolía, apunta, “Y yo me iré y se quedarán los pájaros/ cantando/. Y se quedará mi huerto con su verde árbol/, y con su pozo blanco//…

   Ante tanta barahúnda, confusión o perjuicios a terceros cabe preguntarse, ¿quién paga los platos rotos de las aberraciones existenciales en tan convulsa vida? 

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PACO LÓPEZ

        Doña Paula está del todo escandalizada. Nunca imaginó a su nieta Enriqueta levantar la pierna con tanto descaro. Es verdad que los tiempos han cambiado, pero eso sigue siendo una provocación. Seguramente, doña Paula permanecerá tras la ventana observando a su nieta hasta que desaparezca de su vista. Enriqueta en cambio totalmente ajena a que está siendo observada por su abuela lleva sus pensamientos justamente en sentido contrario a los que abruman a su abuela. Ni por lo más remoto se le pasa por la cabeza que su postura, es decir, lo elevado de su pierna pueda llamar la atención de alguien. Se siente cómoda, al menos hasta ahora. Quizás, en algún momento opte por variar el grado de inclinación de la pierna, que sin duda será porque sus músculos empiecen a notar fatiga y su cerebro determine optimizar el confort del organismo que controla. Doña Paula sigue esperando dicho cambio, pero no puede evitar el pensar en sus lumbares, que por los mismos motivos que tendría su nieta para cambiar de postura, la condicionan a mantener la postura forzada que exige su estado de vigilia. Se plantea un reto, una buena ocasión para apostar. ¿Será la abuela la primera en cambiar su actitud, o será la nieta quién cambie antes? Desgraciadamente, el carácter de instantáneas de las fotolucis no nos permiten ir más allá. La vida de las mismas se la damos nosotros, -los contempladores-. Sólo nuestra imaginación tiene la capacidad de resolver esta incógnita. Yo apuesto a que será la nieta en cambiar de postura, y argumento mi convencimiento en que la nieta no está bajo presión, y lo hará inconscientemente, como un acto reflejo de sus músculos. En cambio, que la abuela se retire de la ventana exige un acto de voluntad contra el que su consciente se resiste. 

         Dicen los cronistas del lugar que no hay caso de disputa, ya que, tanto la abuela como la nieta, llevan así desde tiempos de Garibaldi, y así seguirán en tanto la municipalidad no decida cambiar este atractivo turístico por otro más acorde con el gusto de los visitantes de la ciudad.